La crítica que llega antes que el oyente
La escena tiene algo de incómodo. Alguien lee una reseña antes de escuchar el disco. En ella aparecen palabras como crepuscular, áspero, luminoso o cinematográfico. También una comparación inevitable: suena a Oasis, Coldplay o Radiohead o a quien corresponda esa semana. Después se pone los auriculares y pulsa el play.
Pero la escucha ya ha empezado antes de que suene la primera nota.
Los adjetivos de la reseña entraron primero y colocaron los muebles en la habitación. Han decidido dónde está el sofá, qué lámpara debe encenderse y hasta desde qué ventana conviene mirar. Cuando llega la música, encuentra un espacio preparado para recibirla. Puede acomodarse, discutir con la decoración o tropezar con una mesa que nadie había pedido.
Los adjetivos también dan instrucciones
Una palabra nunca se limita a describir una canción. También orienta la atención. Si alguien define un disco como oscuro, empezamos a buscar sombras; si lo llama épico, esperamos una cima; si habla de fragilidad, cualquier respiración parece a punto de romperse. La escucha funciona entonces como una fotografía sobreexpuesta: algunos detalles aparecen con demasiada claridad y otros quedan fuera del encuadre.
Las comparaciones tienen todavía más fuerza. Decir que un grupo recuerda a Bon Iver o Iron & Wine puede ofrecer una coordenada útil, pero también activa un catálogo entero de expectativas. Esperamos cierta manera de escribir, una temperatura emocional, unas guitarras determinadas. Es como entrar en una película de David Lynch después de que alguien nos haya advertido que todo es un sueño: quizás la explicación ayude, aunque también puede robarnos el desconcierto.
Esto ocurre porque escuchar tampoco es una actividad inocente. No recibimos las canciones como una pared blanca. Llegamos con recuerdos, gustos, prejuicios y discos anteriores. La crítica se suma a ese equipaje y, cuando llega antes que la música, puede convertirse en la voz que señala qué merece atención. A veces incluso adoptamos sus palabras con sorprendente rapidez. Terminamos diciendo que un álbum es “orgánico” sin saber muy bien qué significa, como quien elogia un cuadro de Rothko utilizando la cartela del museo.
La crítica como puerta, no como mobiliario
Sería absurdo culpar a la crítica de todo esto. Una buena reseña puede abrir una puerta que de otro modo permanecería cerrada. Nos descubre artistas, establece relaciones entre épocas y ayuda a entender decisiones que una escucha distraída pasaría por alto. También ofrece lenguaje para hablar de algo tan difícil de sujetar como una canción. Decir que una melodía produce tristeza es sencillo; explicar cómo la armonía, la interpretación y el silencio construyen esa tristeza exige más atención.
Además, la conversación crítica forma parte de la vida de los discos. Las canciones no existen aisladas, como objetos guardados en una vitrina. Circulan, se discuten y cambian al entrar en contacto con otras personas. Una reseña lúcida puede comportarse como una linterna: no sustituye al paisaje, pero permite ver un camino que estaba allí y no habíamos reconocido.
El problema aparece cuando la linterna se convierte en decorado. Cuando una interpretación se presenta como la única posible, el oyente empieza a comprobar la reseña en lugar de escuchar el disco. Busca las influencias citadas, localiza el supuesto himno y espera que llegue esa canción “devastadora” anunciada en el tercer párrafo. La música queda reducida a un examen en el que debe demostrar que cumple los adjetivos asignados.
También interviene cierta necesidad de pertenencia. Compartir el vocabulario aceptado nos permite entrar en la conversación sin demasiado riesgo. Si todo el mundo considera un álbum íntimo, resulta más cómodo llamarlo íntimo que admitir que nos parece distante, excesivo o incluso divertido. Borges escribió mucho sobre libros que contienen otros libros; algunas escuchas parecen contener primero todas las reseñas que hemos leído sobre ellas.
Recuperar el derecho a escuchar mal
Quizás convenga proteger, de vez en cuando, una primera escucha sin instrucciones. Llegar al disco sin conocer el plano, dejar que una canción nos desconcierte y permitirnos una impresión equivocada. Escuchar mal también forma parte de escuchar: hay álbumes que se revelan tarde, estribillos que al principio molestan y versos cuyo sentido cambia con el tiempo.
Después puede entrar la crítica. Entonces la conversación resulta más fértil porque ya existe una experiencia propia con la que discutir. La reseña puede enseñarnos algo que no vimos, contradecirnos o dar nombre a una sensación imprecisa. Incluso puede obligarnos a volver al principio. Esa segunda escucha, contaminada de ideas ajenas, no es menos auténtica; simplemente ocupa otro momento.
Quienes hacemos canciones sabemos que, una vez publicadas, dejan de obedecer por completo. Cada oyente encuentra en ellas asociaciones distintas, a veces muy alejadas de la intención inicial. Ahí reside buena parte de su interés. Una canción demasiado explicada corre el riesgo de parecer una habitación de hotel: correcta, ordenada y sin espacio para dejar nada propio.
La crítica merece seguir entrando en esa habitación, claro. Puede abrir las cortinas, señalar una grieta o contarnos quién construyó el edificio. Pero quizás debería evitar decidir de antemano dónde tiene que sentarse cada oyente. Al final, la música necesita conversación, aunque también necesita unos minutos de intimidad antes de que lleguen todos los adjetivos.
