Influencias CRUDEZAS: Ford, Hitchcock, Wilder y Hawks frente a la pintura y la literatura
Hay listas que pretenden ser objetivas y otras que no tienen ninguna intención de serlo. Esta pertenece a las segundas.
Si tuviera que elegir cuatro directores para sentarlos alrededor de una mesa y jugarme con ellos buena parte de la historia del cine, mis cartas serían John Ford, Alfred Hitchcock, Billy Wilder y Howard Hawks. Podrían entrar muchos otros —Lubitsch, Kurosawa, Bergman, Fellini, Truffaut—, pero entonces dejaría de ser un póker y empezaríamos a organizar un festival.
Lo interesante es que nunca he sentido que estos cuatro cineastas pertenezcan únicamente al cine. Sus películas me llevan inevitablemente hacia otros lugares: cuadros, novelas, canciones. Porque los grandes artistas terminan hablando entre ellos aunque nunca se hayan conocido.
Y en Crudezas ocurre algo parecido. Una canción no nace solamente de otras canciones. También nace de una película vista hace veinte años, de un cuadro ante el que permaneciste cinco minutos más de lo previsto o de una frase encontrada en una novela. Ford, Hitchcock, Wilder y Hawks —como determinados pintores y escritores— forman parte de nuestra manera de observar el mundo y, por tanto, inevitablemente terminan entrando también en nuestras canciones.
John Ford / Edward Hopper / John Steinbeck
Hay algo en John Ford que siempre me ha parecido profundamente relacionado con la memoria.
En Centauros del desierto, El hombre que mató a Liberty Valance, Las uvas de la ira o El hombre tranquilo, los personajes parecen pertenecer a un lugar y, al mismo tiempo, estar condenados a abandonarlo. Por eso Ford me lleva a Edward Hopper. Pienso en Nighthawks, Gas o Early Sunday Morning. Hopper pinta personas rodeadas de espacio. Ford hace algo parecido con sus personajes. Basta recordar a Ethan Edwards frente a la inmensidad de Monument Valley. El paisaje no está detrás del personaje: el paisaje explica al personaje. Y después está John Steinbeck. Aquí la conexión es incluso tangible: Ford llevó al cine Las uvas de la ira. Pero la relación va mucho más allá de una adaptación. De ratones y hombres, Al este del Edén o Las uvas de la ira están habitadas por seres humanos que buscan un lugar al que poder llamar hogar.
Ford, Hopper y Steinbeck parecen hacerse la misma pregunta: ¿qué significa pertenecer a algún sitio? Es una pregunta que también aparece muchas veces en las canciones de Crudezas. Los lugares, la infancia, aquello que desapareció, las personas que estuvieron allí y ya no están. A veces escribimos sobre alguien y terminamos escribiendo sobre un lugar. O al revés.
Alfred Hitchcock / René Magritte / Edgar Allan Poe
Con Hitchcock todo cambia. Entramos en habitaciones donde aparentemente no ocurre nada, pero sabemos que algo no funciona. Una ventana abierta, una escalera, una ducha, un vaso de leche. Hitchcock consiguió algo extraordinario: que los objetos cotidianos dejaran de ser inocentes.
Por eso su pintor podría ser René Magritte. Los amantes, La condición humana o La reproducción prohibida producen una sensación muy hitchcockiana: reconocemos perfectamente lo que estamos viendo y, sin embargo, algo resulta imposible. Eso mismo sucede en Vértigo. Y en Psicosis. Y en La ventana indiscreta. La realidad parece normal hasta que miramos durante demasiado tiempo.
En literatura, inevitablemente aparece Edgar Allan Poe. El corazón delator, El gato negro o La caída de la Casa Usher comparten con Hitchcock una obsesión esencial: aquello que intentamos esconder siempre termina regresando.
La culpa hace ruido. Quizá por eso Hitchcock sigue siendo tan moderno. Comprendió que los monstruos más interesantes no llegan desde fuera. Los llevamos dentro. También en las canciones buscamos a veces ese territorio: lo que alguien dice frente a lo que realmente siente, las obsesiones, las ausencias, las pequeñas habitaciones mentales de las que resulta difícil salir.
Billy Wilder / Goya / Oscar Wilde
Si tuviera que elegir solamente a uno de los cuatro para tomar unas copas probablemente elegiría a Billy Wilder. Aunque sospecho que al terminar la noche sabría bastante más de mí que yo de él. Wilder conocía demasiado bien al ser humano. El apartamento, Perdición, El crepúsculo de los dioses o Con faldas y a lo loco pueden ser divertidísimas, oscurísimas o ambas cosas simultáneamente. Wilder observa nuestras miserias, pero rara vez deja de querernos por ellas.
Ahí aparece Goya. Puede parecer una asociación extraña, pero pienso en La familia de Carlos IV, El sueño de la razón produce monstruos o El aquelarre. Goya podía retratar el poder y, al mismo tiempo, descubrir algo incómodo detrás de él. Wilder hacía exactamente eso con Hollywood, las empresas, el dinero, el éxito o las relaciones sentimentales.
Ambos parecen decirnos: mirad bien.
Y junto a ellos sentaría a Oscar Wilde. El retrato de Dorian Gray y La importancia de llamarse Ernesto contienen esa inteligencia capaz de utilizar el humor como bisturí.
Wilder, Goya y Wilde sabían algo fundamental: la ironía permite decir verdades que resultarían insoportables pronunciadas solemnemente.
Esa idea también nos interesa mucho en Crudezas. Una canción no necesita explicar todo lo que siente. A veces una imagen, una contradicción o una frase ligeramente torcida cuenta mucho más.
Howard Hawks / Velázquez / Hemingway
Y finalmente está Howard Hawks, quizá el más difícil de explicar precisamente porque parece no esforzarse nunca.
En Río Bravo, Solo los ángeles tienen alas, Tener y no tener o Luna nueva, las cosas simplemente suceden. Los personajes hablan, trabajan, beben, se enamoran, se ayudan y procuran hacer bien aquello que tienen que hacer. Su universo está construido alrededor de una palabra que hoy utilizamos poco: camaradería.
Por eso encuentro algo de Velázquez en Hawks. En Las meninas, La rendición de Breda o Los borrachos hay una extraordinaria naturalidad. Velázquez no necesita gritar que es un maestro. Hawks tampoco.
Y su escritor es Ernest Hemingway. No solamente porque Hawks adaptara Tener y no tener. En El viejo y el mar, Fiesta o Por quién doblan las campanas encontramos personajes definidos menos por lo que explican que por lo que hacen. Hawks y Hemingway comparten una cierta ética del comportamiento: cuando llegan los problemas, descubrimos quién es cada uno.
Quizá una banda también tenga algo de eso. Cinco personas tocando juntas necesitan escucharse, dejar espacio, saber cuándo entrar y cuándo callarse. La música también es camaradería.
Cuatro maneras de mirar
Ford mira hacia la memoria.
Hitchcock, hacia la obsesión.
Wilder, hacia nuestras contradicciones.
Hawks, hacia la amistad y los códigos personales.
Hopper, Magritte, Goya y Velázquez hicieron preguntas semejantes con pinceles. Steinbeck, Poe, Wilde y Hemingway utilizaron palabras.
Y nosotros intentamos hacerlo con canciones. Probablemente por eso todas estas obras terminan encontrándose en algún lugar. Porque las influencias musicales de Crudezas no son solamente discos. También son películas, novelas, cuadros, conversaciones, ciudades, recuerdos y personas.
Una canción puede comenzar con tres acordes, pero detrás de esos tres acordes puede estar Monument Valley, una cafetería solitaria de Hopper, una habitación de Hitchcock, un monstruo de Goya, una frase de Hemingway o Jack Lemmon sentado frente a un plato de espaguetis.
Porque quizá crear consista precisamente en eso: aprender a mirar el mundo con los ojos de otros hasta que, algún día, consigues mirarlo con los tuyos.
