El afinador siempre dice la verdad

En un ensayo hay espacio para casi todas las explicaciones. La guitarra puede sonar extraña porque las cuerdas están frías. La voz todavía no ha despertado. El amplificador tiene hoy un carácter difícil. El local devuelve frecuencias que nadie le ha pedido. Incluso puede que Mercurio esté haciendo alguna de sus cosas. Todo resulta discutible hasta que se enciende el afinador.

Entonces aparece la verdad, pequeña y luminosa.

El afinador no entiende de inspiración, cansancio ni estados de ánimo. Tampoco se deja seducir por una interpretación especialmente sentida. Escucha una nota y dicta sentencia con la serenidad antipática de un funcionario de Kafka: está alta, está baja o, durante ese instante casi milagroso, está donde debe estar.

El miembro menos diplomático de la banda

La tecnología musical suele presentarse rodeada de palabras solemnes. Hay pedales capaces de recrear ecos espaciales, programas que convierten una habitación en una catedral y amplificadores con más personalidad declarada que algunos seres humanos. El afinador, en cambio, hace una sola cosa. Quizás por eso la hace tan bien.

Su funcionamiento es humilde, pero decisivo. Detecta la frecuencia de la señal, identifica la nota más cercana y mide cuánto se desvía respecto a la afinación de referencia. Nosotros oímos una cuerda que «más o menos está»; él observa la distancia exacta que separa ese más o menos de la nota correcta. No interpreta. Compara.

En ese sentido, se parece poco a un músico y bastante a HAL 9000, aunque sin nave espacial ni ambiciones homicidas. Mantiene la luz encendida, contempla nuestros intentos y responde con una frialdad impecable. Podemos insistir, tocar más fuerte o mirar al resto de la banda buscando apoyo moral. La aguja seguirá a la izquierda si la cuerda continúa baja.

Ahí reside su incómoda utilidad. Un ensayo necesita emoción, intuición y margen para el accidente, pero también requiere un suelo firme. Si los instrumentos no comparten una referencia, los acordes empiezan a rozarse como muebles mal colocados. La canción puede estar bien escrita y la interpretación llena de intención; aun así, algo molesta. Es una grieta pequeña que termina recorriendo toda la pared.

Afinar también es escuchar

Hay algo casi artesanal en ese momento previo a tocar. Se pulsa una cuerda, se espera a que la nota se estabilice y se gira la clavija con cuidado. El gesto tiene poco de espectacular. Nadie compra una entrada para ver cómo cinco músicos afinan, del mismo modo que nadie va al Museo del Prado para contemplar cómo preparan los marcos. Sin embargo, sin esos trabajos discretos, el cuadro acaba torcido.

Además, afinar no consiste únicamente en obedecer a una pantalla. Las cuerdas reaccionan a la temperatura, al uso y a la presión de los dedos; un instrumento perfectamente ajustado en silencio puede comportarse de otra manera cuando la banda empieza a tocar. Por eso el afinador no sustituye al oído. Lo educa, lo contradice y, cuando hace falta, le quita ciertas manías.

También introduce una forma elemental de disciplina colectiva. Detenerse un momento para comprobar la afinación equivale a limpiar el cristal antes de mirar el paisaje. Permite escuchar mejor los arreglos, distinguir dónde chocan las guitarras y saber si una sensación extraña pertenece realmente a la composición o nace de una cuerda que decidió independizarse. Pulp, Suede o Ivy pueden sugerir mundos distintos, pero ninguno construye una atmósfera duradera sobre instrumentos abandonados a su suerte.

El afinador nunca será el aparato más carismático del escenario. No tiene la presencia de una guitarra, la contundencia de una batería ni ese aire de laboratorio secreto de los teclados. Suele vivir en el suelo, entre cables, pisotones y vasos colocados demasiado cerca. Nadie le agradece nada cuando acierta y todo el mundo lo mira con desconfianza cuando revela el problema.

Pero cada ensayo necesita a alguien que no participe en la ficción. Mientras nosotros hablamos de emoción, dinámica, textura o del misterioso motivo por el que una estrofa funcionaba mejor hace diez minutos, él espera en silencio. Después encendemos la pantalla, pulsamos una cuerda y aparece el veredicto.

Cruel, preciso y sin una sola excusa artística. Como debe ser.